estela, 2015

[…] No hay un título que señale su comienzo: empieza con motas de polvo, suciedad y rayones revoloteando en la pantalla, marcando ese pulso incesante que es parte integrante del cine (que, por su naturaleza misma, lo demuestra veinticuatro veces por segundo). Seguidamente, acompañando a estos elementos de fondo, aparecen unas líneas más oscuras animadas por el mismo ritmo de base. Forman una senda de trazos que, como surcos en el agua, afloran y se desvanecen camino de su destino en la eternidad. Pronto las identificamos como hebras de cabello, y la película adquiere, en su progresión temporal, una peculiar dimensión bio-gráfica conforme el trazo absorbe el collage.[…] Bruce Elder


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