Cuando Rémi Brague se entretuvo en pensar qué era eso de Europa y en qué consistía su especificidad, planteó, en un ensayo deslumbrante, Europa, la vía romana, que, más que una identidad coherente y articulada, lo que nos definía era, sobre todo, una cultura de la traducción. A través de la traducción, como concepto, Brague destacaba algo esencial de la cultura europea: la capacidad de asumir como propias las aportaciones llegadas desde fuera de Europa. Y tal vez tenía razón: porque lo mejor de nosotros, como cultura, ha estado vinculado a la traducción, a la incorporación de lo ajeno, convertido gracias a la traducción en propio. Y es que la traducción es, por encima de todo, una actitud ética, estética y política. Por eso es hoy, todavía, la fórmula más radical de la cultura (una cultura posible) de la acogida y la hospitalidad. Traducir es hacer nuestro un mundo que, antes de la traducción, no lo es. Traducir es acoger, apropiarse y, a la vez, interiorizar. Traducir es dejar de ser un poco nosotros mismos para, en cierto sentido, ser un poco lo otro, lo que no somos pero que, traducido, es ya parte indisociable de nosotros mismos.[…]

XAVIER ANTICH. Amat, el traductor

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