Exploración de una tierra incógnita en la que los animales —serpientes, ranas, peces— alcanzan la categoría de signos del Enigma; buceo en un mundo en el que los frutos de un árbol no son peras ni manzanas sino lenguas[…]; inmersión en los estigmas, los objetos, las visiones: se diría que toda la obra de Frederic Amat aparece marcada por el viaje. La pintura sería ante todo un viaje a las regiones en que todo se hace verdaderamente visible, hasta lo invisible. Más aún: la acción de la pintura, aquella que la define desde su primaria raíz hasta el último trazo, sería precisamente ésa, revelar los objetos no en su sola presencia, en su inmediatez, sino en su ser mistérico, haciéndonos partícipes de ese ser, permitiendo, por ejemplo, escuchar con los ojos (así lo dijo, memorablemente, Quevedo) al pájaro azulado que se acerca a los bordes de la noche […], contemplar reiteradas ofrendas a los dioses de la visión —esas ofrendas tan abundantes en la obra de Amat en la década de 1980—, tratar de adivinar el contenido de misteriosos cofres […], o recorrer la anatomía de las cosas, de los múltiples objetos del mundo, que a veces nos descubren las armoniosas transformaciones  que van desde un tórax hasta una colmena […].

ANDRÉS SANCHEZ ROBAYNA. El pintor Frederic Amat viaja  al equinoccio del sueño.

 

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