Empecemos por el autorretrato, allí donde hay un atisbo de figura humana: unas piernas azules casi dobladas, como si estuvieran a punto de claudicar o de caer de hinojos (esas rodillas flaquean), reposan pesadamente sobre un negro que se deshace, parece como si ese quebrado punto de apoyo fuera en realidad prolongación teñida, un destilado de los talones. La figura está separada de lo que tiene marco, un escudo italiano con rapaz que mira por encima del hombro, un monolito que podría ser una cabeza vuelta, una Q japonesa o cabeza blanca sin rasgos circundada y subrayada de rojo. Y luego, el negro como renacuajos. […]

JAVIER MARÍAS. Visiones palpadas.

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